Repensar el problema del plástico

Preguntas de la entrevista
Toni Kienberger es fundador y director general de Ocean Material, empresa creada en 2020 que trabaja en nuevos modelos circulares para los plásticos a escala mundial. Explica por qué nuestro sistema de reciclaje está mal planteado en su base, por qué «reciclable» suele ser solo una etiqueta y cómo un nuevo enfoque de desarrollo busca aprovechar las corrientes que el sistema ha dejado de lado.
Entrevista del 4 de noviembre de 2025. Traducción directa del original alemán aprobado. Las afirmaciones tecnológicas, los ahorros potenciales y los plazos reflejan el estado de la conversación entonces, no especificaciones industriales confirmadas. No se alcanzó la fecha de mediados de 2026; la entrevista posterior del 11 de agosto de 2026 explica el desarrollo pendiente. La cifra de programa confirmada actualmente es de más de 600 talleres desde 2020. Las cifras históricas distintas se mantienen como declaraciones originales.
Señor Kienberger, ¿qué magnitud tiene el problema del plástico?
Kienberger: «Llevamos más de 30 años hablando de reciclaje y, aun así, la contaminación crece cada año. Hoy producimos más de 350 millones de toneladas de residuos plásticos anuales y reciclamos globalmente apenas un nueve por ciento. No porque no podamos, sino porque la mayoría de las corrientes son demasiado grandes, mezcladas o caras de procesar. Nuestro sistema está optimizado para pequeñas fracciones limpias, no para el conjunto. Esto genera un malentendido que debemos corregir urgentemente: “reciclable” no significa que se recicle. En el supermercado casi todos los envases nos sonríen con esa palabra y sugieren que el problema está resuelto. Pero si no tiene sentido económico, lo “reciclable” acaba en el horno, el vertedero o el medio ambiente».
¿El reciclaje es entonces más apariencia que realidad?
Kienberger: «Es importante y necesitamos más. Nuestros socios hacen un trabajo excelente, pero dentro de un sistema diseñado solo para pequeñas fracciones limpias. El resto —corrientes mezcladas, sucias y complejas— apenas puede procesarse de forma rentable. Aun así, durante décadas se vendió el reciclaje como salvación. Era la solución más cómoda: fácil de comunicar políticamente, aceptable económicamente y sin renuncias sociales. Así surgió la ilusión de tener el problema controlado, cuando solo habíamos resuelto la parte más sencilla».
«El problema no es que el reciclaje no funcione, sino que esperábamos que lo resolviera todo».
¿Por qué cuesta tanto abordar el problema?
Kienberger: «Porque los intereses económicos, políticos y sociales apuntan al mismo sitio: crecimiento. Económicamente nos mide el PIB; políticamente, la próxima reelección; socialmente vivimos desde hace décadas en una cultura de consumo. Somos adictos al crecimiento. Durante décadas, universidades de economía y programas de gestión enseñaron que era la medida principal. Así se formaron quienes hoy dirigen empresas, asociaciones y política. Si el crecimiento es lo más importante, las decisiones se centran automáticamente en soluciones que no cuestionan el consumo. El reciclaje encajaba perfectamente: prometía resultados sin ir a la raíz. Por eso nos ocupamos tanto de la parte cómoda en vez de afrontar prevención, reducción y diseño honesto».
«La circularidad empieza en el diseño, no en el residuo».
¿No obliga eso también al consumidor a comprar más productos reciclados?
Kienberger: «No creo que podamos resolver el problema desde el consumidor. La gente quiere sostenibilidad, pero también comodidad, funcionalidad y un precio justo. En tiempos difíciles disminuye la disposición a pagar más. Es normal y humano. Por eso los productos sostenibles deben ser tan buenos, cómodos y competitivos que se impongan. No por mala conciencia, sino porque sean la mejor elección».
«La sostenibilidad solo funciona si es cómoda, buena y competitiva en precio».
¿Qué le llevó a actuar contra los residuos plásticos?
Kienberger: «Crecí al sur de Múnich, lejos del mar, pero con un gran amor por la naturaleza. Descubrí pronto el buceo y el surf, primero en lagos de montaña y ríos. El agua nunca dejó de atraerme. El cambio llegó después: viví casi 15 años en Hong Kong y viajaba constantemente por costas, pueblos y ríos del sudeste asiático. Allí el problema tiene una intensidad difícil de imaginar en Europa: playas donde llega basura cada día, ríos que transportan envases como cintas industriales y, al mismo tiempo, personas que intentan ganarse la vida con la parte vendible. Organicé limpiezas, importantes para sensibilizar, pero pronto comprendí que retirábamos basura sin resolver nada. Al día siguiente volvía a estar lleno. Y, sobre todo, solo recogíamos lo que tenía valor. Lo demás quedaba allí. No podía dejar de pensar en ello».
¿En qué sentido?
Kienberger: «Un recolector informal recoge una botella de PET, pero pasa de largo ante un envase multicapa o una bolsa. ¿Por qué? Porque nadie paga por ellos. Sin incentivo económico, esas corrientes siguen ignoradas o terminan en ríos y mares. Fundé Ocean Material para convertir materiales del entorno marítimo en recursos de calidad para marcas. Pero después quedó claro que también así alcanzábamos sobre todo la parte más valiosa. El gran resto, difícil de reciclar y que nadie quiere, seguía siendo el problema. No podía mirar hacia otro lado. Empecé a buscar nuevas vías con ingenieros y universidades: soluciones ecológicas que también fueran rentables. Solo así pueden escalar».
Con MeSentia AG e investigadores de Inspire AG desarrolla una tecnología para corrientes consideradas no reciclables. ¿Cómo funciona?
Kienberger: «Nuestro enfoque cierra una brecha que nadie había resuelto. Convertimos ese 60–70% “no reciclable” en un material de calidad, apto para circular, con poca energía y de forma rentable. Hoy el reciclaje funciona bien con materiales homogéneos, pero el resto se abandona porque no compensa. Podemos procesar directamente corrientes que casi siempre quedan fuera: envases multicapa, películas sucias y mezclas de fibras textiles. En resumen, lo demasiado complejo o contaminado para reciclarse rentablemente en el sistema actual. Y lo logramos sin clasificación y limpieza laboriosas, sin pasar por granza y sin extrusión de alto consumo energético. Eso ahorra enormes cantidades de energía, CO₂ y, decisivamente, costes.
«Mientras lo más difícil no sea rentable, quedará abandonado. Eso es lo que cambiamos».
El resultado es un compuesto ligero reforzado con fibras y estable, con gran potencial de ahorro energético y de CO₂; en primeros análisis, algunos factores de ahorro son de dos dígitos frente a procesos plásticos clásicos o producción de madera. Al final de su vida puede reprocesarse en la misma máquina, casi sin pérdida material. Una primera aplicación son los palés: pesan aproximadamente la mitad que los de madera y cumplen los mismos requisitos industriales de carga y estabilidad con costes mucho menores. Así creamos una solución convincente ecológica y económicamente».
¿No suena demasiado bien?
Kienberger: «Yo también lo pensé. Por eso pasamos dos años sin hablar de la tecnología: probando, descartando, construyendo prototipos, sometiéndolos a carga, midiendo y mejorando. Y no es una idea individual. Es un desarrollo conjunto germano-suizo. Sin los ingenieros de MeSentia AG y los investigadores de Inspire AG, organización vinculada a la ETH de Zúrich, no existiría».
¿Por qué precisamente palés?
«Convertimos el material que nadie quiere en un producto que todos necesitan».
Kienberger: «Son un punto de partida perfecto ecológica y económicamente. Cada año se utilizan más de 5.000 millones en todo el mundo, a menudo solo unos pocos ciclos. Al mismo tiempo talamos millones de árboles, aunque la madera es valiosa y tendría más sentido en aplicaciones duraderas.
«Los palés no son un producto glamuroso, pero sí una enorme palanca».
Están normalizados, tienen requisitos claros y necesitan ligereza y estabilidad. Ahí destaca nuestro compuesto de fibras. Creamos una triple ventaja: aprovechamos residuos difíciles, protegemos bosques y ofrecemos una solución rentable capaz de escalar desde el primer día».
¿De dónde procede el plástico para fabricarlos?
Kienberger: «Trabajamos precisamente con corrientes donde el sistema llega a sus límites y no existe una vía rentable de aprovechamiento: sobre todo residuos costeros, fluviales e industriales. Recogemos el problema allí donde nadie tenía solución».
¿Cuándo estará lista la primera máquina?
Kienberger: «El proceso está validado técnicamente y pasa a industrialización. Preparamos la primera máquina industrial. El calendario es ambicioso pero realista: nuestro objetivo es mediados de 2026».
¿Puede fabricar otros productos?
Kienberger: «Sí. El palé es solo el comienzo porque tiene sentido ecológico y económico. Después el material puede utilizarse en elementos de construcción, pantallas acústicas o sistemas modulares».
¿Cómo financia el proyecto?
Kienberger: «Hasta ahora, combinando socios estratégicos, fondos privados y programas de ayudas. Preparamos la primera ronda de financiación para industrializar».
¿Ya hay interesados?
Kienberger: «Sí, especialmente recicladores del sudeste asiático y Europa que hoy pagan por eliminar estas fracciones. Para ellos, un coste se convierte de repente en modelo de negocio. Naturalmente resulta atractivo».
La BBC informó del cierre de plantas europeas de reciclaje. ¿Su tecnología llega en el momento oportuno?
«El reciclaje nunca fue el Santo Grial, pero sin él tampoco funciona la economía circular».
Kienberger: «Es una pieza, no la solución universal. Necesitamos reutilización y reducción, pero también reciclar ese resto difícil del 60–70%. Nuestra tecnología permite aprovecharlo económicamente. Sin resolver esa palanca, no cerramos ningún ciclo, por muchas medidas que debatamos».
¿Dónde es más urgente actuar?
Kienberger: «Europa habla mucho de circularidad, pero apenas de que desde 2023 se ha cerrado alrededor de un millón de toneladas de capacidad de reciclaje. Es peligroso: sin infraestructura no hay ciclo. Las razones son claras: energía y salarios elevados, material virgen barato y, sobre todo, falta de demanda. Si el reciclado cuesta más y presenta riesgos de calidad, la industria lo rechaza racionalmente. Con aluminio y vidrio, el ciclo funciona porque reciclar resulta atractivo. En plásticos, el reciclado suele costar un 20–50% más. Si no compensa, se desmantela el reciclaje. No cae porque no lo queramos, sino porque falta viabilidad económica. Ahí debemos actuar».
La UE quiere duplicar la circulación de materiales para 2030. ¿Es realista?
Kienberger: «Es perfectamente posible, pero solo con regulación coherente que no se diluya. Es normal que sectores participen en la legislación; forma parte del proceso político. Lo importante es que las reglas funcionen y no incluyan tantas excepciones que pierdan efecto. Hay buenos enfoques: el nuevo reglamento de envases, PPWR, va en la dirección correcta. Algunos puntos se han debilitado por intereses sectoriales, pero el rumbo es bueno. Será decisivo que la circularidad pueda medirse realmente y que las empresas con buenas soluciones se beneficien».
¿Quién tiene la responsabilidad?
Kienberger: «Es compartida, pero la política debe crear un marco donde circular sea rentable. Hoy el plástico virgen suele ser más barato y estable que el reciclado. Mientras no cambie, la circularidad será una desventaja competitiva. No necesitamos nuevas cargas burocráticas, sino incentivos eficaces y finalistas. Un ejemplo es la responsabilidad ampliada del productor, RAP. El dinero no debe perderse en el presupuesto estatal, sino ir directamente a recogida, retorno y reciclaje, donde nace el ciclo. Y debe funcionar localmente. Exportar el problema no sirve. Declarar un material “reciclable” no significa que se recicle en el extranjero: cambia la estadística, no la realidad.
«La economía circular debe crear valor local: empleo, innovación y orgullo».
Para que la RAP funcione debe premiar innovación, no castigarla. Las empresas que diseñan circularmente deben ver reducidas sus cargas. Solo deberían encarecerse envases innecesarios o prácticamente no reciclables. Así nace un mercado justo y valor local real: empleo, innovación y orgullo».
¿No resulta frustrante ver lo que falla? ¿Qué le motiva?
Kienberger: «Al principio, no quería seguir viendo cómo se contaminaba mi querido océano. Después comprendí que todo lo anterior —mi formación empresarial, mis aficiones, mi experiencia— confluía. Esa claridad me sostuvo. Sí, a veces frustra, pero quejarse no ayuda. El cambio solo llega si seguimos».
Es empresario, padre de tres hijos y dedica tiempo a la educación.
Kienberger: «Actuamos sobre todo donde falta infraestructura y la conciencia puede lograr más. Hasta hoy hemos realizado casi 600 talleres, todos gratuitos gracias a socios y colaboradores. Crean conocimiento y orgullo local: no “somos el problema de la basura”, sino “podemos ser parte de la solución”.
«La tecnología cambia estructuras; la educación, actitudes. Necesitamos ambas».
En 2025 iniciamos Circular Roadshow, un aula móvil que enseña a niños y jóvenes cómo surge la contaminación y cómo construir ciclos. El primer programa funciona en Filipinas, directamente en las comunidades más afectadas».
¿Cómo ve su innovación en el futuro?
Kienberger: «Como parte de un sistema que capacita a las personas para crear sus propios ciclos. Empezamos por palés por su gran potencial, pero después puede servir para construcción, logística, muebles y sistemas modulares. A largo plazo imagino un modelo local, económicamente viable, que permita a los países resolver sus residuos en vez de exportarlos».
Más información sobre tecnologías, proyectos y educación: www.oceanmaterial.com.
Preguntas de Markus Vögele.
Lectura adicional: Markus Vögele también presenta Ocean Material en el Berliner Zeitung.
Lea el artículo del 21 de septiembre de 2025 (en alemán) →



